1929-1932: Capítulo 3. El proletariado y los campesinos, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 55-67.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
El proletariado ruso había de dar sus primeros pasos bajo
las condiciones políticas de un Estado despótico.
Las huelgas ilegales, las organizaciones subterráneas,
las proclamas clandestinas, las manifestaciones en las calles,
los choques con la policía y las tropas del ejército:
tal fue su escuela, fruto del cruce de las condiciones del capitalismo
que se desarrollaban rápidamente y el absolutismo que iba
evacuando poco a poco sus posiciones. El apelotonamiento de los
obreros en fábricas gigantescas, el carácter concentrado
del yugo del Estado y, finalmente, el ardor combativo de un proletariado
joven y lozano, hicieron que las huelgas políticas, tan
raras en Occidente, se convirtiesen allí en un método
fundamental de lucha. Las cifras relativas a las huelgas planteadas
en Rusia desde primeros de siglo actual son el índice más
elocuente que acusa la historia política de aquel país.
Y aun siendo nuestro propósito no recargar el texto de
este libro con cifras, no podemos renunciar a reproducir las que
se refieren a las huelgas políticas desatadas en el período
que va de 1903 a 1917. Nuestros datos, reducidos a su más
simple expresión, se contraen a las empresas sometidas
a la inspección de fábricas. Dejamos a un lado los
ferrocarriles, la industria minera, el artesano y las pequeñas
empresas en general, y, mucho más naturalmente, la agricultura,
por diversas razones en que no hay para qué entrar. Con
esto no pierden el menor relieve los cambios que acusa la curva
de huelgas durante ese período.
Huelgas políticas
| Años | Número de huelguistas |
| 1903 | 87.000 (1) |
| 1904 | 25.000 (1) |
| 1905 | 1.843.000 |
| 1906 | 651.000 |
| 1907 | 540.000 |
| 1908 | 93.000 |
| 1909 | 8.000 |
| 1910 | 4.000 |
| 1911 | 8.000 |
| 1912 | 550.000 |
| 1913 | 502.000 |
| 1914 (primera mitad) | 1.059.000 |
| 1915 | 156.000 |
| 1916 | 310.000 |
| 1917 (enero-febrero) | 575.000 |
Nos hallamos ante la curva, única en su género,
de la temperatura política de un país que albergue
en sus entrañas una gran revolución. En un país
rezagado y con un proletariado reducido -el censo de obreros de
las empresas sometidas a la inspección fabril pasa de millón
y medio de obreros en 1905, y unos dos millones en 1917- nos encontramos
con un movimiento huelguístico que alcanza proporciones
desconocidas hasta entonces en ningún otro país
del mundo. Frente a la debilidad de la democracia pequeñoburguesa
y a la atomización y ceguera política del movimiento
campesino, la huelga obrera revolucionaria es el ariete que la
nación, en el momento de su despertar, descarga contra
las murallas del absolutismo. Nos bastaría fijarnos en
la cifra de 1.843.000 huelguistas políticos de 1905 -claro
está que los obreros que tomaron parte en más de
una huelga figuran en esta estadística por diferentes conceptos-
para poner el dedo a ciegas en el año de la revolución,
aunque no tuviéramos más dato que éste sobre
el calendario político de Rusia.
En 1904, primer año de la guerra ruso-japonesa, la inspección
de fábricas no señalaba más que 25.000 huelguistas
en todo el país. En 1905, el número de obreros que
toman parte en las huelgas políticas y económicas
en conjunto asciende a 2.863.000, ciento quince veces más
que en el año anterior. Este salto sorprendente induce
por sí mismo a pensar que el proletariado, a quien la marcha
de los acontecimientos obligó a improvisar una actividad
revolucionaria tan inaudita, tenía que sacar a toda costa
de su seno una organización que respondiera a las proporciones
de la lucha y a la grandiosidad de los fines perseguidos: esta
organización fueron los soviets, creados por la
primera revolución y que no tardaron en convertirse en
órganos de la huelga general y de la lucha por el poder,
tardaron en convertirse en órganos de la huelga general
y de la lucha por el poder.
Derrotado en el alzamiento de diciembre de 1905, el proletariado
pasa dos años -años que, si bien viven todavía
el impulso revolucionario como la estadística de huelgas
revela, son ya, a pesar de todo, años de reflujo- haciendo
esfuerzos heroicos por mantener una parte, al menos, de las posiciones
conquistadas. Los cuatro años que siguen (1908-1911) se
reflejan en el espejo de la estadística e huelgas como
años de contrarrevolución triunfante. Coincidiendo
con ésta, la crisis industrial viene a desgastar todavía
más el proletariado, exangüe ya de suyo. La hondura
de la caída es proporcional a la altura que había
alcanzado el movimiento ascensional. Las convulsiones de la nación
tienen su reflejo en estas cifras.
El período de prosperidad industrial que se inicia en el
año 1910 pone otra vez en pie a los obreros e imprime nuevo
impulso a sus energías. Las cifras de 1913-1914 repiten
casi los datos de 1905-1907, sólo que en un orden inverso:
ahora, el movimiento no tiende a remitir, sino que va en ascenso.
Comienza la nueva ofensiva revolucionaria sobre bases históricas
más altas: esta vez, el número de obreros es mayor,
y mayor también su experiencia. Los seis primeros meses
de 1914 pueden equipararse casi, por el número de huelguistas
políticos, al año de apogeo de la primera revolución.
Pero se desencadena la guerra y trunca bruscamente este proceso.
Los primeros meses de la guerra se caracterizan por la inactividad
política de la clase obrera. Pero el estancamiento empieza
ya a ceder en la primavera de 1915, y se abre un nuevo ciclo de
huelgas políticas que, en febrero de 1917, produce la explosión
del alzamiento de los obreros y los soldados.
Estos flujos y reflujos bruscos de la lucha de masas hacen que
el proletariado ruso parezca cambiar de filosofía en el
transcurso de unos cuantos años. Fábricas que dos
o tres años antes se lanzaban unánimemente a la
huelga con motivo de cualquier acto de arbitrariedad policíaca
pierden de pronto su empuje revolucionario y dejan sin respuesta
los crímenes más monstruosos del poder. Las grandes
derrotas producen un abatimiento prolongado. Los militantes revolucionarios
pierden autoridad sobre las masas. En la conciencia de éstas
vuelven a aflorar los viejos prejuicios y las supersticiones aún
no esfumadas. Al mismo tiempo, la penetración de los elementos
grises procedentes del campo en las filas obreras hacen que se
destiña -por decirlo así- el carácter de
clase de ésta. Los escépticos menean irónicamente
la cabeza. Tal fue lo que aconteció en los años
1907 a 1911. Pero los procesos moleculares se encargan de curar
en las masas las lesiones síquicas. Un nuevo giro de los
acontecimientos o un impulso económico subterráneo
abre un nuevo ciclo político. Los elementos revolucionarios
vuelven a encontrar quien les preste oídos, y la lucha
se enciende de nuevo y con mayores bríos.
Para comprender las dos tendencias principales en que se escinde
la clase obrera rusa, conviene no olvidar que el menchevismo cobra
su forma definida durante los años de reacción y
reflujo, apoyado principalmente en el reducido sector de obreros
que habían roto con la revolución, mientras que
el bolchevismo, sañudamente perseguido durante el período
de la reacción, resurge enseguida sobre la espuma de la
nueva oleada revolucionaria en los años que preceden inmediatamente
a la guerra. «Los elementos, las organizaciones y los hombres
que rodean a Lenin son los más enérgicos, los más
audaces y los más capacitados para la lucha sin desmayo,
la resistencia y la organización permanentes»; así
juzgaba el Departamento de policía la labor de los bolcheviques
durante los años que preceden a la guerra.
En julio de 1914, cuando los diplomáticos clavaban los
últimos clavos en la cruz destinada a la crucifixión
de Europa, Petrogrado hervía como una caldera revolucionaria.
El presidente de la República francesa, Poincaré,
depositó su corona sobre la tumba de Alejandro III en el
mismo momento en que resonaban en las calles los últimos
ecos de la lucha y los primeros gritos de las manifestaciones
patrióticas.
¿Cabe pensar que, al no haberse declarado la guerra, el movimiento
ofensivo de las masas que venía creciendo desde 1912 a
1914 hubiera determinado directamente el derrocamiento del zarismo?
No podemos contestar de un modo categórico a esta pregunta.
No hay duda que el proceso conducía inexorablemente a la
revolución. Pero ¿por qué etapas hubiera tenido
ésta que pasar? ¿No le estaría reservada una
nueva derrota? ¿Qué tiempo hubieran necesitado los
obreros para poner en pie a los campesinos y adueñarse
del ejército? No puede decirse. En estas cosas, no cabe
más que la hipótesis. Lo cierto es que la guerra
marcó en un principio un paso atrás, para luego,
en la fase siguiente, acelerar el proceso y asegurarle una victoria
aplastante.
El movimiento revolucionario se paralizó al primer redoble
de los tambores guerreros. Los elementos obreros más activos
fueron movilizados. Los militantes revolucionarios fueron trasladados
de las fábricas al frente. Toda declaración de huelga
era severamente castigada. La prensa obrera fue suprimida; los
sindicatos estrangulados. En las fábricas entraron cientos
de miles de mujeres, de jóvenes, de campesinos. Políticamente,
la guerra, unida a la bancarrota de la Internacional, desorientó
extraordinariamente a las masas y permitió a la dirección
de las fábricas, que había levantado cabeza, hablar
patrióticamente en nombre de la industria, arrastrando
consigo a una parte considerable de los obreros y obligando a
los más audaces y decididos a adoptar una actitud expectante.
La idea revolucionaria había ido a refugiarse en grupos
pequeños y silenciosos. En las fábricas, nadie se
atrevía a llamarse bolchevique, sí no quería
verse al punto detenido e incluso apaleado por los obreros más
retrógrados.
En el momento de estallar la guerra, la fracción bolchevique
de la Duma, foja por las personas que la componían, no
estuvo a la altura de las circunstancias. Se juntó a los
diputados mencheviques para formular una declaración en
la que se comprometía a «defender los bienes culturales
del pueblo contra todo atentado, viniera de donde viniese».
La Duma subrayó con aplausos aquella capitulación.
No hubo entre todas las organizaciones y grupos del partido que
actuaban en Rusia ni uno solo que abrazase la posición
claramente derrotista que Lenin mantenía desde el extranjero.
Sin embargo, entre los bolcheviques, el número de patriotas
era insignificante: muy al contrario de lo que hicieron los narodniki
y mencheviques, los bolcheviques empezaron ya en el año
1914 a agitar entre las masas de palabra y por escrito contra
la guerra. Los diputados de la Duma se rehicieron pronto de su
desconcierto y reanudaron la labor revolucionaria, de la cual
se hallaba perfectamente informado el gobierno, gracias a su red
extensísima de confidentes. Baste con decir que, de los
siete miembros que componían el Comité petersburgués
del partido en vísperas de la guerra, tres estaban al servicio
de la policía. El zarismo gustaba, como se ve, e jugar
al escondite con la evolución. En noviembre fueron detenidos
los diputados bolcheviques y empezó la represión
contra el partido por todo el país. En febrero de 1915,
la fracción parlamentaria compareció ante los tribunales.
Los diputados mantuvieron una actitud prudente. Kámenev,
el inspirador teórico de la fracción, se desentendió,
al igual que Petrovski, actual presidente del Comité Central
Ejecutivo de Ucrania, de la posición derrotista de Lenin.
Y el Departamento de policía pudo comprobar con satisfacción
que la rigurosa sentencia dictada contra los diputados bolcheviques
no provocaba el menor movimiento de protesta entre los obreros.
Parecía como si la guerra hubiera cambiado a la clase trabajadora.
Hasta cierto punto, así era: en Petrogrado, la composición
de la masa obrera se renovó casi en un 40 por 100. La continuidad
revolucionaria se vio bruscamente interrumpida. Todo lo anterior
a la guerra, incluyendo la fracción bolchevique de la Duma,
pasó de golpe a segundo término y cayó casi
en el olvido. Pero, bajo esta capa aparente y precaria de tranquilidad,
patriotismo y hasta en parte de monarquismo, en el seno de las
masas se incubaba una nueva explosión.
En agosto de 1915, los ministros zaristas se comunican unos a
otros que los obreros «acechan por todas partes,, venteando
traiciones y sabotajes en favor de los alemanes, y se entregan
celosamente a la busca y captura de los culpables de nuestros
fracasos en el frente». En efecto, durante este período,
la crítica de las masas que empieza a resurgir se apoya,
en parte sinceramente y en parte adoptando ese tinte protector,
en la «defensa de la patria». Pero esta idea no era
más que el punto de partida. El descontento obrero va echando
raíces cada vez más profunda, sella los labios de
los capataces, de los obreros reaccionarios y de los adulones
de los patronos, y permite volver a levantar cabeza a los bolcheviques.
Las masas pasan de la crítica a la acción. Su indignación
se traduce principalmente en los desórdenes producidos
por la escasez de subsistencias, desórdenes que, en algunos
sitios, toman la forma de verdaderos motines. Las mujeres, los
viejos y los jóvenes se sienten más libres y más
audaces en el mercado o en la plaza pública que los obreros
movilizados en las fábricas. En mayo, el movimiento deriva,
en Moscú, hacia el saqueo de casas de alemanes. Y aunque
sus autores obren bajo el amparo de la policía y procedan
de los bajos fondos de la ciudad, la sola habilidad del saqueo
en una urbe industrial como Moscú atestigua que los obreros
no están aún lo bastante despiertos para poder infiltrar
sus consignas y su disciplina en la parte de la población
urbana sacada de sus casillas. Al correrse por todo el país
estos desórdenes, destruyen el hipnotismo de la guerra
y preparan el terreno a las huelgas. La afluencia de mano de obra
inepta a las fábricas y el afán de obtener grandes
beneficios de guerra se traducen en todas partes en un empeoramiento
de las condiciones de trabajo y resucitan los más burdos
métodos de explotación. La carestía de la
vida va reduciendo automáticamente los salarios. Las huelgas
económicas se tornan en un reflejo inevitable de las masas,
tanto más tumultuoso cuanto más se le ha querido
contener. Las huelgas van acompañadas de mítines,
de votación de acuerdos políticos, de encuentros
con la policía y, no pocas veces, de tiroteos y de víctimas.
La lucha se corre, en primer término, por la región
textil central. El 5 de junio, la policía dispara sobre
los obreros tejedores de Kostroma: cuatro muertos y nueve heridos.
El 10 de agosto, las tropas hacen fuego sobre los obreros de Ivanovo-Vosnesenk (2):
dieciséis muertos, treinta heridos. En el movimiento de
los obreros textiles aparecen complicados soldados del batallón
destacado en aquella plaza. Como respuesta a los asesinos de Ivanovo-Vosnesenk,
estallan huelgas de protesta en distintos puntos del país.
Paralelamente a este movimiento, se va extendiendo la lucha económica.
Los obreros de la industria textil marchan, en muchos sitios,
en primera fila.
Comparado con la primera mitad de 1914, este movimiento representa,
así en lo que se refiere a la intensidad del ataque como
en lo que afecta a la claridad de las consignas, un gran paso
atrás. No tiene nada de particular: es una huelga en la
que toman parte principal las masas grises; además, en
el sector obrero dirigente reina el desconcierto más completo.
Sin embargo, ya en las primeras huelgas que estallan durante la
guerra se pulsa la proximidad de los grandes combates. El 16 de
agosto declara el ministro de Justicia, Ivostov: «Si actualmente
no estallan acciones armadas es, sencillamente, porque los obreros
no disponen de organización.» Pero todavía
se expresaba más claramente Goremikin: «El único
problema con que tropiezan los caudillos obreros es la falta de
organización, pues la detención de los cinco diputados
de la Duma se la ha destruido». Y el ministro del Interior
añadía: «No es posible amnistiar a los diputados
de la Duma (los bolcheviques), pues son el centro de la organización
del movimiento obrero en sus manifestaciones más peligrosas.»
Por lo menos, aquellos señores sabían muy bien dónde
estaban sus verdaderos enemigos: en esto, no se equivocaban.
Al tiempo que el gobierno, aun en los momentos de mayor desconocimiento,
en que se mostraba propicio a hacer concesiones a los liberales,
creía imprescindible dirigir los tiros a la cabeza de la
revolución obrera, es decir, a los bolcheviques, la gran
burguesía pugnaba por llegar a una inteligencia con los
mencheviques. Alarmados por las proporciones que iban tomando
en las huelgas, los industriales liberales hicieron una tentativa
para imponer una disciplina patriótica a los obreros, metiendo
a los representantes elegidos por éstos en los comités
industriales de guerra. El ministro del Interior se lamentaba
de lo difícil que era luchar contra la iniciativa de Guchkov:
«Todo esto se lleva a cabo bajo la bandera del patriotismo
y en nombre de los intereses de la defensa nacional.» Conviene
tener en cuenta, sin embargo, que la policía se guardaba
muy mucho de detener a los socialpatriotas, en quienes veía
unos aliados indirectos en la lucha contra las huelgas y los «excesos»
revolucionarios. Todo el convencimiento de la policía de
que, mientras durase la guerra, no estallarían insurrecciones,
se basaba en la confianza excesiva que había puesto en
la fuerza del socialismo patriótico.
En las elecciones celebradas para proveer los puestos del Comité
industrial de guerra fueron minoría los partidarios de
la defensa, acaudillados por Govosdiev, un enérgico obrero
metalúrgico, con el que volveremos a encontrarnos más
adelante de ministro del Trabajo en el gobierno revolucionario
de coalición. Sin embargo, contaba no sólo con el
apoyo de la burguesía liberal, sino también con
el de la burocracia, para derrotar a los boicotistas, dirigidos
por los bolcheviques, e imponer al proletariado de Petrogrado
una representación en los organismos del patriotismo industrial.
La posición de los mencheviques aparece expuesta con toda
claridad en el discurso pronunciado poco después por uno
de sus representantes ante los industriales del comité:
«Debéis exigir que el gobierno burocrático
que está en el poder se retire, cediéndoos el sitio
a vosotros como representantes legítimos del régimen
actual.» La reciente amistad política entre estos
elementos, que había de dar sus frutos más sazonados
después de la revolución, iba estrechándose
no ya por días, sino por horas.
La guerra causó terribles estragos en las organizaciones
clandestinas. Después del encarcelamiento de su fracción
en la Duma, los bolcheviques viéronse privados de toda
organización central. Los comités locales llevaban
una existencia episódica y no siempre se mantenían
en contacto con los distritos. Sólo actuaban grupos dispersos,
elementos sueltos. Sin embargo, el auge de la campaña huelguística
les infundía fuerza y ánimos en las fábricas,
y poco a poco fue estableciéndose el contacto entre ellos
y se anudaron las necesarias relaciones. Resurgió la actuación
clandestina. El Departamento de policía había de
escribir más tarde: «Los leninistas, a los que sigue
en Rusia la gran mayoría de las organizaciones socialdemócratas,
han lanzado desde el principio de la guerra, en los centros más
importantes (tales como Petrogrado, Moscú, Jarkov, Kiev,
Tula, Kostroma, provincia de Vladimir y Samara) una cantidad considerable
de proclamas revolucionarias exigiendo el término de la
guerra, el derrocamiento del régimen y la instauración
de la República. Los frutos más palpables de esta
labor son la organización de huelgas y desórdenes
obreros.»
El 9 de enero, aniversario tradicionalmente conmemorado de la
manifestación obrera ante el palacio de Invierno, que el
año anterior había pasado casi inadvertido, hace
estallar, en el año 1916, una huelga de extensas proporciones.
En estos años, el movimiento de huelgas se duplica. No
hay huelga importante en que no se produzcan choques con la policía.
Los obreros hacen gala de su simpatía por los soldados,
y la Ocrana apunta más de una vez este hecho inquietante.
La industria de guerra se desarrolla desmesuradamente, devorando
todos los recursos a su alcance y minando sus propios fundamentos.
Las ramas de la producción de paz languidecían y
caminaban hacia su muerte. A pesar de todos los planes elaborados,
no se consiguió reglamentar la economía. La burocracia
era incapaz ya para tomar el asunto por su cuenta: chocaba con
la resistencia de los poderosos comités industriales de
guerra: no accedía, sin embargo, a entregar un papel regulador
a la burguesía. No tardaron en perderse las minas de carbón
y las fábricas de Polonia. Durante el primer año
de guerra, Rusia perdió cerca de la quinta parte de sus
fuerzas industriales. Un 50 por 100 de la producción total
y cera del 75 por 100 de la textil hubieron de destinarse a cubrir
las necesidades del ejército y de la guerra. Los transportes,
agobiados de trabajo, no daban abasto a la necesidad de combustible
y materias primas de las fábricas. La guerra, después
de devorar toda la renta nacional líquida, amenazaba con
disipar también el capital básico del país.
Los industriales mostrábanse cada vez menos propicios a
hacer concesiones a los obreros, y el gobierno seguía contestando
a las huelgas, fuesen las que fuesen, con duras represiones. Todo
esto empujaba el pensamiento de los obreros y lo hacía
remontarse de lo concreto a lo general, de las mejoras económicas
a las reivindicaciones políticas: «tenemos que lazarnos
a la huelga todos de una vez». Así resurge la idea
de la huelga general. La estadística de huelgas acusa de
modo insuperable el proceso de radicalización de las masas.
En el año 1915, toman parte en las huelgas políticas
dos veces y media menos obreros que las puramente económicas.
Basta apuntar una sola cifra para poner de relieve el papel desempeñado
por Petrogrado en este movimiento: durante los años de
la guerra, corresponden a la capital el 72 por 100 de los huelguistas
políticos.
En el fuego de la lucha se volatilizan muchas viejas supersticiones.
La Ocrana comunica «con harto dolor» que, si se procediera
como la ley ordena contra «todos los delitos de injurias
insolentes y abiertas a su majestad el zar, el número de
procesos seguidos por el artículo 103 alcanzaría
cifras inauditas». Sin embargo, la conciencia de las masas
no avanza en la misma medida que su propio movimiento. El agobio
terrible de la guerra y del desmoronamiento económico del
país acelera hasta tal punto el proceso de la lucha, que
hasta el momento mismo de la revolución, una gran parte
de las masas obreras no ha conseguido emanciparse, por falta material
de tiempo, de ciertas ideas y de ciertos prejuicios que les imbuyeran
el campo o las familias pequeño burguesas de la ciudad
de donde proceden. Este hecho imprime su huella a los primeros
meses de la Revolución de Febrero.
A fines de 1916, los precios empiezan a subir vertiginosamente
a saltos. A la inflación y a la desorganización
de los transportes viene a unirse la gran escasez de mercancías.
El consumo de la población se reduce durante este período
a más de la mitad. La curva del movimiento obrero sigue
ascendiendo bruscamente. Con el mes de octubre, la lucha entra
en su fase decisiva. Todas las manifestaciones de descontento
se mancomunan: Petrogrado toma carrerilla para lanzarse al salto
de Febrero. En todas las fábricas se celebran mítines.
Temas: La cuestión de las subsistencias, la carestía
de la vida, la guerra, el gobierno. Circulan hojas bolcheviques.
Se plantean huelgas políticas. Se improvisan manifestaciones
a la salida de las fábricas y talleres. Aquí y allá
obsérvanse casos de fraternización de los obreros
de las fábricas con los soldados. Estalla una tumultuosa
huelga de protesta contra el Consejo de guerra formado a los marinos
revolucionarios de la escuadra del Báltico. El embajador
francés llama la atención del primer ministro, Sturmer,
sobre el hecho de que unos soldados dispararan contra la policía.
Sturmer tranquiliza a Paleologue con estas palabras: «La
represión será implacable.» En noviembre envían
al frente a un grupo numeroso de obreros movilizados en las fábricas
de Petrogrado. El año acaba bajo un cielo de tormenta.
Comparando la situación actual con la de 1905, el director
del Departamento de policía, Vasiliev, llega a esta conclusión,
harto poco tranquilizadora: «Las corrientes de oposición
han tomado proporciones excepcionales que no habían alcanzado,
ni mucho menos, en aquel turbulento período a que aludimos.»
Vasiliev no confía en la lealtad de la guarnición.
Ni la misma policía le parece incondicionalmente adicta.
La Ocrana denuncia la reaparición de la consigna de huelga
general y el peligro de que vuelva a resurgir el terror. Los soldados
y oficiales que retornan del frente dicen, refiriéndose
a la situación: «¿A qué esperáis?
Lo que hay que hacer es acabar de un bayonetazo con esa canalla.
Si de nosotros dependiera, no nos pararíamos a pensarlo»,
y por ahí, adelante.
Schliapnikov miembro del Comité central de los bolcheviques,
antiguo obrero metalúrgico, había del estado de
nerviosismo en que se encontraban los obreros por aquellos días:
«Bastaba con un simple silbido, con un ruido cualquiera,
para que los obreros lo interpretasen como señal de parar
la fábrica.» Este detalle es interesante como síntoma
político y como rasgo sicológico: antes de echarse
a la calle, la revolución vibra ya en los nervios.
Las provincias recorren las mismas etapas, sólo que más
lentamente. El acentuado carácter de masa del movimiento
y su espíritu combativo hacen que el centro de gravedad
se desplace de los obreros textiles a los metalúrgicos,
de las huelgas económicas a las políticas, de las
provincias a Petrogrado. Los dos primeros eses de 1917 arrojan
un total de 575.000 huelguistas políticos, la mayor parte
de los cuales corresponden a la capital. Pese a la nueva represión
descargada por la policía en vísperas del 9 de enero,
el aniversario del domingo sangriento, se lanzaron a la huelga
en la capital. 150.000 trabajadores. La atmósfera está
cargada, los metalúrgicos van en la cabeza, los obreros
tienen cada vez más arraigada la sensación de que
ya no hay modo de volverse atrás. En cada fábrica
se forma un núcleo activo que tiene casi siempre por eje
a los bolcheviques. Durante las dos primeras semanas de febrero,
las huelgas y los mítines se suceden sin interrupción.
La policía, al aparecer el día 8 en la fábrica
de Putilov, es recibida con una lluvia de pedazos de hierro y
escoria. El 14, día de apertura de las sesiones de la Duma,
se ponen en huelga en Petersburgo cerca de noventa mil obreros.
También en Moscú paran algunas fábricas.
El 16, las autoridades deciden implantar en Petrogrado los bonos
de pan. Esta innovación aumentó el nerviosismo de
la gente. El 19 se agolpa delante de las tiendas de comestibles
una gran muchedumbre, formada principalmente por mujeres, pidiendo
a gritos pan. Al día siguiente fueron saqueadas las panaderías
en distintos puntos de la ciudad. Eran ya los albores de la insurrección
que había de desencadenarse algunos días después.
La intrepidez revolucionaria del proletariado ruso no tenía
su raíz exclusivamente en su seno. Ya su misma situación
de minoría dentro del país indica que no hubiera
podido dar a su movimiento tales proporciones, ni mucho menos
ponerse al frente del Estado, si no hubiese encontrado un poderoso
punto de apoyo en lo hondo del pueblo. Este punto de apoyo se
lo daba la cuestión agraria.
Cuando en 1861 se procedió con gran retraso a emancipar
a medias a los campesinos, el nivel de la agricultura rusa era
casi el mismo que dos siglos antes. La conservación del
viejo fondo de tierras comunales escamoteado a los campesinos
en beneficio de la nobleza al implantarse la reforma, agudizaba
automáticamente con los métodos arcaicos de cultivo
imperantes la crisis de la superpoblación en los centros
rurales, que era a la par del cultivo alterno de tres hojas. Los
campesinos se sintieron cogidos en una celada, tanto más
cuanto que esto no ocurría precisamente en el siglo XVI,
sino en el siglo XIX, es decir, bajo un régimen muy avanzado
de economía pecuniaria que exigía del viejo arado
de madera lo que sólo podía dar de sí el
tractor. También aquí volvemos a tropezar con la
coincidencia de varias ases distintas del proceso histórico,
que dan como resultado una exacerbación extraordinaria
de las contradicciones reinantes.
Los eruditos, agrónomos y economistas sostenían
que había tierra bastante con tal que se cultive de un
modo racional, lo cual equivalía a proponer al campesino
que se colocara de un salto en una fase más alta de técnica
y de cultivo, pero sin tocar demasiado al terrateniente, al uriadnik (3)
ni al zar. Sin embargo, no hay ningún régimen económico,
y mucho menos el agrario, que se encuentre entre los más
inertes, que se retire de la escena histórica antes de
haberse agotado todas sus posibilidades. Antes de verse obligado
a pasar a un cultivo más intensivo, el campesino tenía
que someter a una última experiencia, para ver lo que daba
de sí, su sistema de cultivo alterno en tres hojas. Esta
experiencia sólo podía hacerse, evidentemente, a
expensas de las tierras de los grandes propietarios. El campesino
que se asfixiaba en su pequeña parcela de tierra y que
vivía azotado por el doble látigo del mercado y
del fisco no tenía más remedio que buscar el modo
de deshacerse para siempre del terrateniente.
El total de tierra laborable enclavada dentro de los confines
de la Rusia europea se calculaba, en vísperas de la primera
revolución, en 280 millones de deciatinas. Las tierrascomunales de los pueblos ascendían a unos 140 millones,
los dominios de la Corona a cinco millones, aproximadamente; los
de la Iglesia sumaban, sobre poco más o menos, dos millones
y medio de deciatinas. De las tierras de propiedad privada, unos
70 millones de deciatinas se distribuían entre 30.000 grandes
hacendados, a los que correspondían más de 500 deciatinas
por cabeza, es decir, la misma cantidad aproximadamente con que
tenían que vivir unos 10 millones de familias campesinas.
Esta estadística agraria constituía, ya de por sí,
todo un programa de guerra campesina.
La primera revolución no había conseguido acabar
con los grandes terratenientes. La masa campesina no se había
levantado en bloque ni el movimiento desatado en el campo había
coincidido con el de la ciudad; el ejército campesino había
vacilado hasta que, por último, suministró las fuerzas
necesarias para sofocar el alzamiento de los obreros. Apenas el
regimiento de Semionov hubo sofocado la insurrección de
Moscú, la monarquía se olvidó de poner la
menor cortapisa a las propiedades de los grandes terratenientes
ni a sus propios derechos autocráticos.
Sin embargo, la revolución vencida dejó profundas
huellas en el campo. El gobierno abolió los antiguos cánones
que venían pesando sobre las tierras en concepto de redención
y abrió las puertas de Siberia a la colonización.
Los terratenientes, alarmados, no sólo hicieron concesiones
de monta en lo referente a los arriendos, sino que empezaron a
vender una buena parte de sus latifundios. De estos frutos de
la revolución se aprovecharon los campesinos más
acomodados, los que estaban en condiciones de arrendar y comprar
las tierras de los señores.
Fue, sin embargo, la ley de 9 de noviembre de 1906 la reforma
más importante implantada por la contrarrevolución
triunfante la que abrió más ancho cauce a la formación
de una nueva clase de hacendados capitalistas en el seno de la
masa campesina. Esta ley, que concedía incluso a pequeñas
minorías dentro de los pueblos el derecho a desglosar,
contra la voluntad de la mayoría, parcelas pertenecientes
a los terrenos de comunas, fue como un obús capitalista
disparado contra el régimen comunal. El presidente del
Consejo de ministros, Stolipin, definía el carácter
de la nueva política campesina emprendida por el gobierno
como un «anticipo a los fuertes». Dicho más claramente
se trataba de impulsar a los campesinos acomodados a apoderarse
de las tierras comunales rescatando mediante compra las parcelas
«libres» para convertir a estos nuevos hacendados capitalistas
en otras tantas columnas del orden. Pero este objetivo era más
fácil de plantear que de conseguir. Aquí, en esta
tentativa para suplantar el problema campesino por el problema
del kulak (4) fue precisamente donde se estrelló
la contrarrevolución.
El 1 de enero de 1916 había dos millones y medio de labradores
que tenían adquiridas e inscritas como de su propiedad
17 millones de deciatinas. Otros dos millones pedían que
se les adjudicasen 14 millones de deciatinas en el mismo concepto.
En apariencia, la reforma había alcanzado un triunfo colosal.
Lo malo era que estas propiedades carecían en su mayoría
de toda viabilidad y no eran más que materiales para una
selección natural. En tanto que los terratenientes más
atrasados y los labradores modestos vendían aprisa; unos,
sus latifundios, y otros, sus parcelas de tierra, entraba en escena
como comprador una nueva burguesía rural. La agricultura
pasaba, indudablemente, a una fase de progreso capitalista. En
cinco años (1908-1912), la exportación de productos
agrícolas subió de 1.000 millones a 1.500 millones
de rublos. Esto quería decir que las grandes masas de campesinos
se proletarizaban y que los labradores acomodados lanzaban al
mercado cantidades de trigo cada vez mayores.
Para suplir el régimen comunal obligatorio desplazado organizóse
la cooperación voluntaria que, en el transcurso de pocos
años, logró adentrarse bastante en las masas campesinas,
y que no tardó en convertirse en un tema de idealismo liberal
y democrático. Pero el hecho era que la cooperación
no favorecía verdaderamente más que a los campesinos
ricos, que era a los que, a fin de cuentas, querían servir.
Los intelectuales populistas, al concentrar en la cooperación
campesina sus principales esfuerzos, lo que hacían era
encarrilar su amor al pueblo por los sólidos raíles
de la burguesía. De este modo, se contribuyó muy
eficazmente a preparar el bloque el partido «anticapitalista»
de los socialrevolucionarios con el partido de los kadetes, capitalista
por excelencia.
El liberalismo, guardando una actitud de oposición aparente
frente a la política agraria de la reacción, no
dejaba de contemplar, esperanzadamente, la destrucción
capitalista del régimen comunal. «En los pueblos -escribía
el príncipe liberal Trubetskoi- surge una pequeña
burguesía potente, tan ajena por su formación y
por su espíritu a los ideales de la nobleza como a las
quimeras socialistas.»
Pero esta magnífica medalla tenía también
su reverso. Del régimen comunal no sólo salió
una «potente pequeña burguesía», sin que
salieron también sus antípodas. El número
de campesinos que habían tenido que vender sus parcela
insuficientes llegaba, al comienzo de la guerra, a un millón,
y este millón representaba, por lo menos, cinco millones
de almas proletarizadas. También formaban un material explosivo
bastante considerable los millones de labriegos pauperizados condenados
a llevar la vida de hambre que les proporcionaban sus parcelas.
Es decir, que se habían trasplantado al campo las mismas
contradicciones que tan pronto torcieron en Rusia el desarrollo
de la sociedad burguesa en su conjunto. La nueva burguesía
agraria destinada a apuntalar las propiedades de los terratenientes
más antiguos y poderosos demostró la misma enemiga
irreconciliable contra las masas campesinas, que eran la médula
del régimen agrario que los viejos terratenientes sentían
contra la masa del pueblo. Lejos de brindar un punto de apoyo
al orden, la propia burguesía campesina se hallaba necesitada
de un orden firme para poder mantener las posiciones conquistadas.
En estas condiciones, no tenía nada de sorprendente que
la cuestión agraria siguiese siendo el caballo de batalla
de todas las Dumas. Todo el mundo tenía la sensación
de que la pelota estaba todavía en el tejado. El diputado
campesino Petrichenko declaraba en cierta ocasión desde
la tribuna de la duma: «Por mucho que discutáis, no
seréis capaces de crear otro planeta. Por tanto, no tendréis
más remedio que darnos éste.» Y no se crea
que este campesino era un bolchevique o un socialrevolucionario;
nada de eso, era un diputado monárquico y derechista.
El movimiento agrario remite, igual que el movimiento obrero de
huelgas, a fines de 1907, para resurgir parcialmente a partir
de 1908 e intensificarse en el transcurso de los años siguientes.
Cierto es que ahora la lucha se entabla primordialmente alentada
con su cuenta y razón por los reaccionarios en el seno
de los propios organismos comunales. Al hacerse el reparto de
las tierras comunales fueron frecuentes los choques armados entre
los campesinos. Mas no por ello amaina la campaña contra
los terratenientes. Los campesinos pegan fuego a las residencias
señoriales, a las cosechas, a los pajares, apoderándose
de paso de las parcelas desglosadas contra la voluntad de los
labriegos del concejo.
En este estado se encontraban las cosas cuando la guerra sorprendió
a los campesinos. El gobierno reclutó en las aldeas cerca
de 10 millones de hombres y unos dos millones de caballos. Con
esto, las haciendas débiles se debilitaron más todavía.
Aumentó el número de los labriegos que no sembraban.
A los dos años de guerra empezó la crisis del labriego
modesto. La hostilidad de los campesinos contra la guerra iba
en aumento de mes en mes. En octubre de 1916, las autoridades
de la gendarmería de Petrogrado comunicaban que la población
del campo no creía ya en el triunfo: según los informes
de los agentes de seguros, maestros, comerciantes, etc., «todo
el mundo espera con gran impaciencia que esta maldita guerra se
acabe de una vez»... Es más: «por todas partes
se oye discutir de cuestiones políticas, se votan acuerdos
dirigidos contra los terratenientes y los comerciantes, se crean
células de diferentes organizaciones... No existe todavía
un organismo central unificador; pero hay que suponer que los
campesinos acabarán por unirse por medio de las cooperativas,
que se extienden por minutos a lo largo de toda Rusia». En
estos informes hay cierta exageración; en ciertos respectos,
los buenos gendarmes se adelantan a los acontecimientos, pero
es evidente que los puntos fundamentales están bien reflejados.
Las clases poseedoras no podían hacerse ilusiones creyendo
que los pueblos del campo dejarían de ajustarles las cuentas;
pero esperaban salir del paso como fuera, y ahuyentaban las ideas
sombrías. Por los días de la guerra, el embajador
francés Paleologue, que quería saberlo todo, conversó
sobre el particular con el ex ministro de Agricultura Krivoschein;
con el presidente de la Duma, Rodzianko, con el gran industrial
Putilov y con otros personajes notables. Y he aquí lo que
descubrió: para llevar a la práctica una reforma
agraria radical se necesitaría un ejército permanente
de 300.000 agrimensores que trabajasen incansablemente durante
quince años por lo menos: pero como en este plazo de tiempo
el número de haciendas crecería a 30 millones, todos
los cálculos previos que pudieran hacerse resultarían
fallidos. Es decir, que, a juicio de los terratenientes, los altos
funcionarios y los banqueros, la reforma agraria venía
a ser algo así como la cuadratura del círculo. Excusado
es decir que estos escrúpulos matemáticos no rezaban
con el campesino, para el cual lo primero y principal era acabar
con los señores, y después ya se vería lo
que había que hacer.
Si, a pesar de esto, los pueblos se mantuvieron relativamente
pacíficos durante la guerra, ello fue debido a que sus
fuerzas activas se encontraban en el frente. En las trincheras,
los soldados no se olvidaban de la tierra en los momentos que
les dejaba libres el pensamiento de la muerte, y sus ideas acerca
del porvenir se impregnaban del olor de la pólvora. Pero,
así y todo y por muy adiestrados que estuviesen en el manejo
de las armas, los campesinos no hubieran hecho nunca por su exclusivo
esfuerzo la revolución agrario-democrática, es decir,
su propia revolución. Necesitaban una dirección.
Por primera vez en la historia del mundo, el campesino iba a encontrar
su director y guía en el obrero. En esto es en lo que la
revolución rusa se distingue fundamentalmente de cuantas
la precedieron.
En Inglaterra, la servidumbre de la gleba desaparición
de hecho a fines del siglo XIV; es decir, dos siglos antes de
que apareciera y cuatro y medio antes de que fuera abolida en
Rusia. La expropiación de las tierras de los campesinos
llega, en Inglaterra, a través de la Reforma y de dos revoluciones,
hasta el siglo XIX. El desarrollo capitalista, que no se veía
forzado desde fuera, dispuso, por tanto, de tiempo suficiente
para acabar con la clase campesina independiente mucho antes de
que el proletariado naciera a la vida política.
En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona y la aristocracia
y los principios de la Iglesia obligó a la burguesía,
representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del
siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina
independiente salida de esta revolución fue durante mucho
tiempo el sostén del orden burgués, y en 1871 ayudó
a la burguesía a aplastar a la Comuna de París.
En Alemania, la burguesía reveló su incapacidad
para resolver de un modo revolucionario la cuestión agraria,
y en 1848 traicionó a los campesinos para pasarse a los
terratenientes, del mismo modo que, más de tres siglos
antes, Lutero, al estallar la guerra campesina, los había
vendido a los príncipes. Por su parte, el proletariado
alemán, a mediados del siglo XIX, era demasiado débil
para tomar en sus manos la dirección de las masas campesinas.
Gracias a esto, el desarrollo capitalista dispuso en Alemania,
si no de tanto tiempo como en Inglaterra, del plazo necesario
para sostener a su régimen, a la agricultura tal y como
había salido de la revolución burguesa parcial.
La reforma campesina realizada en Rusia, en 1861, fue obra de
la monarquía burocrática y aristocrática,
acuciada por las necesidades de la sociedad burguesa, pero ante
la impotencia política más completa de la burguesía.
La emancipación campesina tuvo un carácter tal,
que la forzada transformación capitalista del país
convirtió inexorablemente el problema agrario en problema
que sólo podía resolver la revolución. Los
burgueses rusos soñaban con un desarrollo agrario de tipo
francés, danés o norteamericano, del tipo que se
quisiera, con tal de que, naturalmente, no fuera ruso. Sin embargo,
no se les ocurría asimilarse la historia francesa o la
estructura social norteamericana. En la hora decisiva, los intelectuales
demócratas, olvidando su pasado revolucionario, se pusieron
al lado de la burguesía liberal y de los terratenientes,
volviendo la espalda a la aldea revolucionaria. En estas condiciones,
no podía ponerse al frente de la revolución campesina
más que la clase obrera.
La ley del desarrollo combinado, propia de los países atrasados
-aludiendo, naturalmente, a una peculiar combinación de
los elementos retrógrados con los factores más modernos-
se nos presenta aquí en su forma más caracterizada,
dándonos la clave para resolver el enigma más importante
de la revolución rusa. Si la cuestión agraria, herencia
de barbarie de la vieja historia rusa, hubiera sido o hubiera
podido ser resuelta por la burguesía, el proletariado ruso
no habría podido subir al poder, en modo alguno, en el
año 1917. Para que naciera el Estado soviético,
fue necesario que coincidiesen, se coordinasen y compenetrasen
recíprocamente dos factores de naturaleza histórica
completamente distinta: la guerra campesina, movimiento característico
de los albores del desarrollo burgués, y el alzamiento
proletario, el movimiento que señala el ocaso de la sociedad
burguesa. Fruto de esta unión fue el año 1917.
(1) Los datos referentes a los años 1903 y 1904 abarcan
todas las huelgas en general, aunque entre ellas predominen, indudablemente,
las de carácter económico.
(2) El centro más importante de la producción textil
al que, por esta razón, se ha llamado «Manchester
ruso». [NDT.]
(3) Agente de la policía rural. [NDT.]
Capítulo 4. El zar y la zarina